La excéntrica vida de mi Yo.
Con su idea de “Los Estratos del Yo”, Fritz Perls hace una analogía entre el ser humano y una cebolla. Esta comparación se enfoca, claro está, al Ego –uno de los elementos más fundamentales en todo ser viviente, emocional y pensante –, afirmando que en éste existen seis capas, bajo las cuales se encuentra el “ser autentico de cada persona”.
Creo que es un poco injusto de su parte compararnos con una cebolla: somos seres humanos y no más que eso; no hay motivo para buscar un elemento que nos identifique más que nosotros mismos y un análisis de cada cual sólo revela la inseguridad con la que intentamos alcanzar la comprensión de nuestras vidas. ¿Para qué? Es una de las tantas preguntas para las que no poseo una respuesta y pienso que es mejor así.
Sin embargo, también yo soy un ser humano repleto de dudas y temores que, irónicamente, busca la manera de entender su naturaleza e interiorizar a aquello que nos rodea: el Universo. En base a esto, quisiera –si no lo hice ya – dar a conocer mi posición: una absolutamente narcisista.
Comenzamos.
Desde mi propia experiencia, el proceso “evolutivo y degenerativo” del
Yo –aunque de ningún modo considero esta llamada estratificación un fenómeno tan rígido – se ha pronunciado en sus cuatro primeras etapas a nivel consciente y en su totalidad a lo largo de un período de inconsciencia. Aduciré respecto de esta última afirmación posteriormente.
Primero, deseo aclarar que no veo la necesidad de disociar la disciplina de la Gestalt del psicoanálisis Freudiano; más bien, me parece que se complementan maravillosamente de varias maneras.
Explicaré a qué me refiero con “un período de inconsciencia” (creo que en este caso también es posible hablar en términos generales): siendo más bien una deducción, concluyo que durante mi desarrollo y a través de sus etapas, hasta el momento en que mi consciente subyugó a mi subconsciente, mi pequeño Yo debió transitar cada uno de sus estratos. Pienso que el orden que éstos reciben en la primera infancia podría variar en relación al planteado por Perls –restringiéndonos a los conceptos introducidos por el humanista – e, incluso, verse invertidos. Es decir, desde el momento en que nazco y reconozco a mi madre como mi primer objeto de amor, soy mi Yo verdadero, “degenerándome” progresivamente hasta crear la imagen con la que enfrentaré el mundo: mi Yo falso. Este paso, según creo, coincide probablemente con la etapa de Latencia del desarrollo.
Debido a mi corta edad e inconsciencia, no puedo recordar a mi Yo verdadero.
Sin embargo, éste, pienso, se presenta a lo largo de toda la vida en otra instancia del inconsciente: el mundo onírico. Inmersos en nuestros sueños podemos hacer contacto con nuestros temores, deseos, experiencias, traumas, ilusiones, siempre rodeados por un ambiente –en ese contexto – verosímil para quien lo está “viviendo”, pero que resulta totalmente incoherente para la sociedad y, por lo tanto, para el Yo social, como me gusta llamarlo, o Yo falso.
En mi caso particular, vivencié la horrible experiencia de perder la capacidad de sumergirme en los sueños.
Como afirmé con anterioridad, considero que he alcanzado a lo largo de mi vida consciente el cuarto estrato del Yo en dos ocasiones: en la primera, a raíz de una enfermedad que me acometió a los catorce años.
Caí, tras “superarla”, en el prototipo que me protegería durante los dos años siguientes: mi escudo y mi Yo falso.
La anorexia no es una enfermedad agradable y no hace más que rodear al convaleciente de rumores fantasmales que provienen, nada más y nada menos, que de su propia mente.
Llegó un momento en que abrir los ojos por la mañana no era más que una mera obligación, una rutina. La muerte acudía a mis pensamientos con frecuencia. Por supuesto, jamás hubiese sido capaz de arrebatarme la vida.
Creo que si en algún momento alcancé un estado de plena sanidad mental (lo que he olvidado), debí sentir el éxtasis producto de la comida, de disfrutarla. Si ese momento figura en algún remoto punto de mi historia, es entonces cuando afloró mi Yo explosivo, permitiéndome la autenticidad, el placer y la alegría de comer, sin las cadenas de la culpa que se habían vuelto más que pesadas para mis cansadas muñecas.
No creo haber tocado jamás, en mi consciente –o en mi hemisferio izquierdo del cerebro, el único que esta sociedad eficientista me ha autorizado a utilizar – a aquel Yo verdadero que alguna vez despertó en mí.
Retomando el curso de este excéntrico cuento, “Cuando el pesar es máximo, el alivio está próximo” , de modo que, con la ayuda de mis padres y doctores, logré establecer un equilibrio aparente. Debo hacer énfasis en esta frase, pues sucedió conmigo exactamente lo que ésta quiere decir: adopté una imagen casi protocolar que se arraigó con fuerza en mis ideas, plagadas, además, de lo que llegué a considerar mi objetivo de vida: viajar a Japón.
Carla Veglia había sido limitada a la sonrisa cordial que dedicaba al mundo circundante. Una vez más, la falsedad.
Con la obsesión vino el éxito incapaz de satisfacer al verdadero e inerte ser que residía en mi interior. Así, no sin innumerables obstáculos –algunos, resultado de mi anterior enfermedad –, llegó el ansiado día en que me embarcaría rumbo al archipiélago que había poblado mis pensamientos desde hacía años.
En síntesis –aún me desagrada hablar del tema abiertamente –, me desilusioné. Japón no era lo que esperaba, de la misma manera que mi reacción hacia él me sorprendió. Deseé volver a mi “nido”, retroceder el tiempo, morir en cualquier momento. Me sentía culpable.
Como es de esperar, mi “torre” se derrumbó; mi Ego sufrió la mutilación antes de la mutación y en mí sólo cabía una nube de sentimientos diseminados a lo largo de toda mi mente.
No puedo dejar de admitir –y transmitir – las consecuencias positivas de esta desilusión: he desarrollado un profundo amor por mis padres y hermanos que, creo, había sido apartado y tratado de forma bastante injusta antes de la “ruptura”. Concibo hoy a sentimientos e ideas como completamente legítimos e importantes, al punto que estoy dispuesta a expresarlos cada vez que exista la necesidad.
No sé si he vuelto a retroceder a mi Yo falso, pero sé que, durante el largo período de depresión que siguió al fracaso, pude conocer nuevamente lo que era mi Yo implosivo.
Lo odio, pero también lo amo. No hay nada que me permita descansar más de mí misma que el vacío profundo que me ha llenado por etapas y, aún así, provoca en mí una perturbadora ansiedad por el destino: mi paradoja de vida.
Creo que las condiciones características del Yo del como sí y del Yo fóbico han estado presente a través de todo mi desarrollo –y lo seguirán estando, de eso no hay duda –, hasta el momento en que caí a “La Oscuridad”, aquella instancia donde interrogantes como “¿quién soy?” o “¿vale esto la pena?” aparecen con frecuencia. El estado implosivo.
Hoy, a menudo me siento tan triste como alegre. Tiendo a analizar todos estos procesos en mi persona lo que, naturalmente, me vuelve tan estúpida como lo es la máquina en la que escribo.
Es una lástima.
